Fue uno de los «nuestros», WILL HANLEY

Javier Ortiz Pérez

Fue como un cuento de hadas de esos que se dan de mucho en mucho tiempo. Will Hanley pasó de repente de ser jugador de la LEB Plata (sí, MVP, pero jugador de LEB Plata) a militar en uno de los ‘grandes’ del baloncesto nacional, el Valencia Basket. Ocurrió a finales de la temporada 2012-13 y ese momento, justo premio a su trabajo y calidad, acabó marcando un antes y un después en la carrera de nuestro protagonista de hoy.

Los orígenes de la historia hay que buscarlos en Stanford, en el pequeño estado de Connecticut, donde nació Hanley, y después en la anónima universidad de Bowdoin (NCAA-3). Cuando se graduó no encontró oferta más potente que la del Oviedo Baloncesto, por entonces en la tercera categoría nacional. Allí llegó ya con la temporada iniciada (“No sabía nada del país y menos de Oviedo (…). España es el destino perfecto para alguien que quiere jugar al baloncesto pero las únicas referencias que tenía eran de un par de amigos que estuvieron estudiando un semestre aquí”, dijo en Solobasket). y su impacto fue profundo: a medio camino entre las posiciones de ‘3’ y ‘4’, dominó los partidos de forma rotunda, un poco como hacían sus compatriotas en los viejos tiempos en las ligas españolas. Hasta le pusieron un mote que le ha perseguido, pero que le define bien: ‘Caballo blanco’.

Lo curioso es que no es tirador ni tampoco un hombre ‘de poste’, que tenga un físico excepcional, pero sí que posee una cabeza privilegiada para el baloncesto. 17,7 puntos y 11,2 rebotes en 19 minutos merecieron primero la llamada del Valladolid (se llegó a anunciar su fichaje, pero los problemas económicos del club impidieron que se cerrase del todo) y luego la del Valencia para concluir aquel curso 2012-13.

Tras superar una prueba de unos días a ojos de Velimir Perasovic, en la Fonteta no pasó de tener un papel discreto, pero dejó la ‘tarjeta de visita’: podía ser un complemento interesante al máximo nivel, algo que supieron leer primero Gipuzkoa Basket (2013-14 y 2014-15) y luego Iberostar Tenerife (2015-16 y 2016-17). Particularmente en  San Sebastián tuvo momentos muy brillantes incluso en ataque.

El pasaporte irlandés (su abuela era de allí) también le ayudó, claro, pero… ¿quién iba a decirle cuando llegó a Asturias que iba a terminar acumulando 135 partidos en la máxima categoría (5,6 puntos y 3,6 rebotes en 15 minutos). Siempre que se le preguntó manifestó que estaba contento con su papel, unas vez más protagonista y otras más orientado a labores oscuras.

Cuando salió a la búsqueda de más balones demostró que todavía llevaba dentro de sí mismo el jugador-referencia de Oviedo y sus actuaciones en el Porto (primera lusa) y el Caen (segunda francesa) han estado en esa línea. También ha decidido buscar horizontes más allá de Europa con periodos en Japón (Yamagata Wyverns) y, últimamente, Uruguay (Macabi Hebraica). Cumplió 30 años el pasado 12 de marzo y parece en buen momento. Un regreso a España tarde o temprano no es descartable a la vista de un perfil tan adaptable tanto a aspirantes al ascenso en la LEB Oro como a equipos de la ‘clase media’ de la Liga Endesa.

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