CHARO BORGES: La historia de una leyenda de nuestro BA-LON-CES-TO (IV)

CAPÍTULO CUARTO

«Hasta el momento, todo lo relatado puede catalogarse de hechos oficiales, de acontecimientos y personajes recogidos en las hemerotecas. A partir de ahora, serán los recuerdos personales, los que perviven en la memoria de quien los cuenta, los que irán dibujando las líneas de este blog, intercalados, seguramente, con hechos conservados también, en los papeles de la prensa de la época.

Mi andadura deportiva de veinte intensos años en el baloncesto, comenzó en el Colegio. Fue más por curiosidad que por una vocación definida. Cuando tenía 14 años, desde la balconada alta del edificio, veía, en el patio, cómo un grupo de compañeras de mi curso y de cursos superiores, aprendían los fundamentos de este deporte, enseñadas por Pancho Monje, uno de los mejores jugadores de aquel Náutico que, unos años más tarde, subió a la 1ª División masculina.

Recuerdo que las posturas que adoptaban para hacer los ejercicios prácticos de la técnica, me resultaban ridículas y me producían risa. Por ejemplo, las de defensa del contrario, las de arrancada botando el balón, las de tiros al aro… Todas me parecían muy forzadas y poco naturales. Pero, como nunca debemos decir “De esta agua, no beberé”, yo, por si acaso, no lo dije y, al año siguiente, en 5º curso, me vi formando parte del equipo de mi clase, practicando aquello de lo que tanto me reía y descubriendo lo necesarios y útiles que eran esos ejercicios para jugar bien al baloncesto.

Mi primer entrenador se llamaba Domingo Sicilia, era muy joven y muy alto y jugaba en el Hernán Imperio, donde lo hacía muy bien. Como jugadoras del equipo, fichamos Ana Mª Maceda, Ligia Suárez, Isabel Duque, Carmen Aranguren, Carmen Delia Tejera, Elia Quintero, Charo Borges y Lourdes Gómez. Nos inscribimos en el torneo escolar de entonces y competimos como Dominicas B, porque también intervenía el conjunto de las mayores, que, lógicamente, lo hacían como Dominicas A. También participaban los equipos de La Pureza, Asunción, y Mª Auxiliadora.

Al final del torneo, quedamos las últimas y pagamos, sobre todo, nuestra inexperiencia, mientras que las del A, que eran muy buenas, fueron subcampeonas, detrás del campeonísimo Mª Auxiliadora.

De aquella liga, conservo una auténtica reliquia de la que da fe la imagen que acompaña a este post. Es el acta original de uno de los partidos celebrados. Se recoge en un impreso oficial encabezado con la identificación del organismo responsable de la competición, que era la Delegación Nacional de Educación Física de la Sección Femenina de F.E.T. y de las J.O.N.S.. Debajo de este largo rótulo, aparece la palabra BALONCESTO y, bajo ésta y en la misma línea, Campeonato XVII, Fase Provincial, Lugar de celebración, cancha del Ideal Cinema y, más abajo, la relación de las jugadoras de los equipos contendientes que, en este caso, son Dominicas B contra Dominicas A. El encuentro se jugó el 9 de Noviembre de 1962; la categoría, Juventudes y los árbitros, Víctor Rojas (q.e.p.d.) y Alejandro Puertas.

Las jugadoras del B, son ocho, mientras que en el A, aparecen trece. El resultado del partido fue de ¡diecisiete-doce! a favor del Dominicas A. Bastante menos que el de un encuentro de balonmano de estos días.

Como una curiosidad más, decirles que la cancha mencionada era el patio de butacas de un cine de verano al aire libre, que existía en la parte alta de la calle San Francisco Javier, en el tramo comprendido entre las calles Méndez Núñez y Doctor Guigou.

Durante muchos años, fue sede de torneos y campo de entrenamiento de unos cuantos equipos de baloncesto tanto femeninos como masculinos. Hoy, en su lugar, existe un edificio de viviendas.

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Cursos sin baloncesto (I)

En el curso siguiente, en 6º, los estudios se endurecían porque era el último año del Bachillerato y para titular como Bachilleres Superiores había que pasar por una Reválida, como ya habíamos hecho en 4º para obtener el de Bachiller Elemental.

Esta dificultad añadida hizo que renunciáramos a seguir entrenando y compitiendo. Había que dedicar todo el tiempo a las clases y a empollar lo más posible.

A pesar de esa realidad y ya atrapada por la magia del baloncesto, no entraba en mi renuncia el alejarme totalmente de él. Me las ingenié para seguir practicándolo de alguna manera. La solución la encontré en los recreos. Pedí permiso a las monjas para que nos dejaran un balón durante esa media hora y, así, no perdí el contacto con el que se convertiría – ¡quién lo iba a decir! – en mi deporte preferido.

Como no podíamos disponer de todo el patio, porque se concentraban en él todas las alumnas del Centro para ese rato de descanso, nos reuníamos en torno a alguna de las dos zonas marcadas en los lados más cortos.

Con las compañeras de equipo que estaban dispuestas a seguir con las prácticas, formábamos colas para hacer tiros libres, dar la vuelta al mundo o, simplemente, pasarnos el balón y tirar al aro desde distintos puntos.

Nos solían rodear alumnas de cursos inferiores, que nos miraban curiosas, unas; admiradas, otras y desconsoladas, unas cuantas. Recuerdo que, en más de una ocasión, invité y enseñé a cómo coger y pasar el balón o cómo lanzar al aro, a algunas de estas últimas. Muchas de ellas se añadieron a nosotras para seguir aprendiendo y pasar un recreo más divertido.

Si alguna vez, la monja de turno para cuidar el recreo, no nos dejaba el balón, tampoco nos pensábamos demasiado el intento de acceder al lugar en el que se guardaba. Estaba en el baño de alumnas del patio y, aunque tenía una puerta cerrada con llave, se podía llegar a él, saltando por un gran hueco rectangular que, a modo de ventana abierta, coincidía con el final del tabique que separaba los servicios individuales y llegaba hasta casi el techo.

Tanto otra compañera como yo, atrevidas ambas, lográbamos ascender a lo alto de ese tabique y, con ello, traspasar el hueco abierto y saltar hasta el suelo de ese pequeño y oscuro cuarto. Una vez allí, y por el mismo hueco, pasábamos el balón al otro lado y subiéndonos a unos viejos pupitres que también se guardaban allí, desandábamos el camino de entrada para incorporarnos al juego con las demás.

Una vez, por desgracia, una de esas compañeras de cursos inferiores, que se llama Mercedes Durango y era tan atrevida como nosotras, hizo el mismo recorrido para hacerse con un balón, pero, con tan mala suerte, que al dejarse caer desde aquella ventana al suelo del cuarto, cayó sobre uno de ellos y se fracturó un tobillo. Imagínense la bronca que nos llevamos… Pero, no me digan, señores, que la sufrida compañera no demostró, con creces, su amor al baloncesto.

Desde aquí, y después de muchísimos años, quiero hacerle un pequeño homenaje por su valentía y generosidad.

Otra muestra de la enorme afición que había arraigado en nosotras, fue el cuidado de los balones. No eran como los de hoy, con atractivos colores y diseños, materiales sofisticados, superficies adherentes y diferentes tamaños y pesos. Eran únicamente de cuero y con piezas geométricas pequeñas cosidas entre sí, con hilo de bala.

En su interior, una válvula de goma que era la que se inflaba y daba la forma esférica a los trozos cosidos. Cuando se rompían partes del hilo que unía las piezas, la válvula se escapaba por las ranuras abiertas y aquella bola informe no había quien la controlara.

El mérito estaba en pespuntar esos descosidos a mano y con una aguja muy gruesa. Sólo así podíamos seguir usando tan especial artilugio. Muchos pinchazos sufrieron las yemas de mis dedos, a pesar del uso de un dedal. 

¡Todo fuera por mantener nuestra incipiente vocación deportiva!

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