CHARO BORGES: La historia de una leyenda de nuestro BA-LON-CES-TO (VI)

CAPÍTULO SEXTO

Con las estrellas

«Con la ilusión propia de quien comienza un nuevo camino y con la preocupación lógica de pensar que, a lo mejor, se podía perder en ese camino iniciado, transcurrieron mis primeras semanas de entrenamiento con las estrellas del baloncesto femenino de aquellos momentos. 
Lo hacíamos de lunes a viernes y la hora en la que Jeromo nos convocaba para comenzarlos era las ocho de la noche. Yo recibía clases en la antigua Escuela de Artes y Oficios, en la Plaza de Ireneo González, desde las tres hasta las ocho, por lo que, a toda carrera, iba, con mi petate a cuestas, por toda la calle de Méndez Núñez hasta la cancha del Ideal Cinema, en el tramo más alto de la calle de S. Francisco Javier.
No es difícil suponer que llegaba con el calentamiento más que hecho, pero, allí estaba yo, como todas las demás, equipada y haciendo la tabla de ejercicios para calentar. Disciplinada, obediente y con la lengua fuera. Los 19 años dieron para eso, para mucho más y sin que apenas lo notara.
Si llegaba unos minutos tarde, el entrenador nunca me decía nada, porque valoraba mucho el que estuviéramos estudiando. Además, yo era la única que tenía sus clases por la tarde y eso le hacía más comprensivo. 
Recuerdo que los entrenamientos no eran muy largos, pero sí muy intensos, como siempre me han gustado. Acababan en torno a las diez y una de las compañeras, Angelita Domínguez, que ya trabajaba y tenía coche propio, se ofrecía para llevarnos a casa a las que vivíamos más lejos. Hoy, jubilosa jubilada como yo, seguimos viéndonos, con mucha frecuencia, en Las Teresitas. Ella va a caminar y yo, a nadar. El peso del paso del tiempo y las viejas lesiones, ya no nos permiten mucho más ejercicio, porque, quizá, fue demasiado el que hicimos durante tantos años. Especialmente yo, que me mantuve en activo más de
Nunca agradeceré suficientemente a Angelita, aquel generoso gesto de llevarme en su coche, porque así dispuse de más tiempo para resolver los trabajos que me encargaban en clase. Y, hablando de trabajos, en mi próximo post les contaré algo de la tercera actividad que, por independencia y necesidad, también ejercí en aquellos benditos tiempos.
Como documentos gráficos que aporto hoy, está una fotografía que se publicó en los periódicos de Gran Canaria, cuando se jugó en Las Palmas uno de los dos partidos que decidían el Campeón del Archipiélago, de esa temporada. En ella aparecen Fefa Villalobos, Asunción Guerra, Conchita Ramírez, Mary Pily Hernández, Elena Menéndez, Ángeles García, Juany Fumero y Charo Borges.
La otra, formó parte de la serie que la fábrica de Cigarrillos 46, (hoy desaparecida), incorporó en sus cajetillas de tabaco. Esta empresa canaria quiso dedicar los envoltorios de su producción de humos de aquella época, al reconocimiento de los deportistas y conjuntos deportivos más destacados de entonces. Curiosa contradicción.
En el caso de nuestro equipo, el posado para las fotos lo hicimos al pie de una de las canastas del Ideal Cinema, teniendo como fondo la pantalla de cine en la que se proyectaban las películas, al aire libre y en las noches del verano. Como detalle más cutre de la imagen, se puede ver un pequeño, desvencijado y despintado marcador que se usaba para los tanteos de los partidos que allí se celebraban.
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«¿Recuerdan ustedes que en el post dedicado a las campeonas, decía que para poder cubrir los gastos de una semana más en Madrid, por lo de la fase de ascenso fantasma, tuvieron que pedir ayuda a sus familias y a las empresas e instituciones locales?.
Pues, para que este mismo equipo, gran campeón de la 2ª División Nacional, pudiera continuar en activo en la siguiente temporada, la de 1966-67, hubo que seguir pidiendo las mismas ayudas. Las monjas del Colegio sólo afrontaban el gasto de una parte del vestuario deportivo y de parte del traslado a Las Palmas, si se quedaba líder de esta provincia, y la Federación sufragaba el de la Península, si se llegaba a campeón regional. En lo referente a la vestimenta propia del equipo, lo que era el calzado y el chandall corrían de nuestra cuenta, por lo que, cada una, se buscaba la vida para comprarlos.
Yo pertenezco a una familia muy numerosa (muy habitual en aquellos tiempos), soy la mayor y no podía ni debía generar más gastos de los imprescindibles, dentro de una economía familiar muy ajustada. Además, siempre he sido muy independiente y, aunque pudiera contar con la ayuda de mis padres, todo lo que fueran mis aficiones quería afrontarlo yo sola. Este afán de independencia hizo que, desde los 16 años, compaginara los estudios con impartir clases particulares. Así pues, cuando entré a formar parte del Mª Auxiliadora, continué con esa práctica para disponer de unas pesetas, de aquel entonces, con las que adquirir las prendas del equipamiento que no podían darnos.
Recuerdo que algunas compramos un chandall de color azul cyan con amplias mangas blancas, muy bonito, de buena calidad y que nos duró mucho tiempo. En cuanto al calzado, cada una se hizo con las botas que creyó conveniente, aunque tampoco había mucho donde elegir. No tenían nada que ver con las que hoy visten hasta los equipos más modestos. Incluso, las de mayor calidad, no contaban con protectores para los tobillos ni para la planta del pie, con las cámaras de aire que amortiguan los impactos tan característicos del baloncesto, ligeras, resistentes y flexibles.
Tampoco había variedad de diseños y la Ergonomía era una ciencia desconocida para aquel calzado. Lo más común y asequible eran las J´Hayber, Kelme, John Smith y, con algo más de trabajo o ahorro, las Adidas. Tener unas All Star americanas era un privilegio que, casi nadie, podía concederse y las Nike eran desconocidas por estos lares.
Con respecto a los balones, disponíamos de otros más modernos que los que teníamos que remendar nosotras mismas en la etapa escolar. Ya eran de materiales más parecidos a los de hoy, aunque todos iguales, de color naranja oscuro y con suaves puntos en relieve para que se adhirieran a la piel de las manos. De su custodia y conservación, se encargaba el entrenador y sólo contábamos con dos o tres para el entrenamiento diario. El que se usaba para los partidos jugados en casa, se guardaba como oro en paño.
Cuando comenzó la competición y teníamos que trasladarnos a otras localidades, como La Orotava o Icod de los Vinos, lo hacíamos en los coches del entrenador, de Angelita y de algunos familiares y amigos que acudían a nuestros partidos como los más fieles fans.
Después de este relato, queda justificado el porqué del afrancesado título del post: puras amateurs, puras aficionadas al deporte de nuestros amores. No sólo no recibimos nunca un duro por hacerlo, sino que muchos pusimos de los nuestros, para seguir practicándolo. Práctica que hicimos con toda la entrega y dedicación de que fuimos capaces. El hecho de aprender a jugar cada vez mejor, ganar partidos, viajar de vez en cuando y alcanzar títulos, nos compensaba con creces».
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