CHARO BORGES: La historia de una leyenda de nuestro BA-LON-CES-TO (VII)

CAPÍTULO SÉPTIMO

Comenzó la competición

«En esa temporada de 1966-67, el marchamo de ser las campeonas nacionales de la categoría, supuso un arma de doble filo. Por un lado, el respeto de los rivales era un factor que favorecía la probabilidad de la victoria y, por otro, añadía una nueva responsabilidad, ya que todos esperaban que se demostrara, en todo momento, esa condición de líderes.

La Liga Provincial transcurrió como se presumía: se ganaron todos los partidos. En Abril, como siempre, se disputó la Fase de Sector de Canarias, enfrentándose el Mª Auxiliadora a la U. D. Las Palmas y al C.B. Teresianas, ambos de la provincia hermana.

Dispongo de amarillentas reseñas periodísticas publicadas en el Diario de Las Palmas y en El Eco de Canarias, que comentan los encuentros celebrados allí. Del primer vocero extraigo unas líneas firmadas por José Luis López:

“De nuevo, y como ya se temía, las tinerfeñas han salido victoriosas con todo merecimiento y haciendo gala de un gran juego. Tiene jugadoras de gran categoría y no nos extrañaría que se volviera a proclamar Campeón de España en la presente temporada, ya que calidad y fuerza no les falta.”

En El Eco de Canarias, Pívot dijo: “El Mª Auxiliadora demostró su potencialidad. Juegan bien, tienen corpulencia y veteranía. A este equipo, verdadera selección tinerfeña y, hoy por hoy, el mejor conjunto de las islas, nuestros deseos sinceros de que, en las canchas peninsulares, repita su gesta del año anterior. Canarias tiene un digno representante.”

Como jugadoras destacadas, todos coinciden en nombrar a Conchy Ramírez, Ángeles García y Juany Fumero.

Los resultados de los dos partidos fueron: U.D. Las Palmas, 41- Mª Auxiliadora, 58 y C.B. Teresianas, 37- Mª Auxiliadora, 54.

Otro cantar fue la Fase Nacional celebrada en Madrid, en el Pabellón de Deportes de la Almudena. Los equipos participantes fueron el B.I.M. de Barcelona, el DEFF de Madrid, el Medina de Zaragoza y el nuestro, por Canarias.

Para mí, supuso una enorme ilusión, porque era la primera vez, en mi vida, que viajaba a la Península y, hacerlo para representar a mi tierra y con el vigente campeón de la categoría, resultó una experiencia inolvidable. Recuerdo que nos alojamos en la pensión La Marina, en la calle de El Carmen, frente a la iglesia del mismo nombre y a unos doscientos metros del Kilómetro Cero de este país, en la Puerta del Sol, junto al Oso y el Madroño.

Me quedaba, con otras cinco compañeras, en una habitación inmensa, destartalada y con paredes pintadas con un verde muy vistoso, pero limpia y curiosamente acogedora. Como era tan amplia, solíamos concentrarnos todos allí, después de los entrenamientos y de los partidos, para comentar cómo habían transcurrido las cosas.

Muchas veces, la reunión se acababa oyendo cantar a Jeromo, que tenía una educada y bellísima voz de tenor. Su interpretación del Maitechu mía, nos emocionaba de tal manera que, aún hoy, es inevitable evocarlo, siempre que nos reunimos con cualquier motivo.

La gran decepción llegó cuando perdimos el primer encuentro que nos tocó jugar y, ante el mal resultado, algunas compañeras reaccionaron de un modo poco solidario. No comunicaron al entrenador su intención de salir de Madrid por unas horas, para ir a visitar a unas amigas y no pudieron regresar hasta el día siguiente. Para ese segundo partido, llegaron con poco tiempo de descanso y sus condiciones no fueron las mejores para afrontarlo.

Para mí, que entonces era jugadora de banquillo, sobre todo por mi bisoñez en lides de aquel nivel, fue una situación sorprendente y que nunca pensé que fuera a vivir. Yo idealizaba a todas aquellas estrellas campeonas de España y creía que lo eran por su talento, técnica y disciplinada dedicación. Sin embargo, comprobé que unas pocas, no se correspondían con mi idea primigenia y descubrí que ser entrenador o entrenadora, no debía ser una tarea fácil.

El balance final fue el de ganar un único encuentro y quedar situadas en el tercer lugar, con lo que, los buenos deseos de la prensa canaria, no se vieron cumplidos. Las reinas fueron destronadas y, hoy, pienso que el peso del mal recuerdo del torneo de la temporada anterior, debió ser una losa muy difícil de superar por parte de algunas ocupantes de aquel glorioso trono.

En todo caso, vuelvo a reiterarme en que, para mí, aquella primera salida para competir lejos de nuestra tierra fue, y sigue siendo, una experiencia inolvidable.

Temporada en blanco

Decepcionadas por no haber sabido mantener el título de Campeonas nacionales, volvimos a casa con el objetivo de descansar y de recuperarnos de la larga temporada.
Para comenzar la siguiente, la de 1967-68, el entrenador y el delegado realizaron mil gestiones con el fin de conseguir la continuidad del equipo. Las monjas del Hogar Escuela alegaron no disponer de dinero alguno pa
ra afrontar su parte de compromiso en la marcha del conjunto y declinaron el seguir acogiéndolo bajo su tutela, aunque permitieron que siguiéramos entrenando en sus instalaciones y jugando con el mismo nombre, durante esa temporada.
Las gestiones no dieron el fruto deseado y, a pesar de volver a clasificarnos para jugar el Campeonato de Canarias, no pudimos participar porque nadie sufragó los gastos de los desplazamientos. Así pues, la temporada 67-68 fue una temporada en blanco y, además, de mucho mérito.
Desde sus inicios, supimos que esa situación sería la más probable y, sin embargo, todos cumplimos con la parte que nos tocaba. Acudíamos seriamente a todos los entrenamientos y a todos los partidos que tenían lugar en nuestra isla, no en balde habíamos adquirido un buen rodaje en proveernos, con nuestros propios medios, de lo que necesitábamos para sacar adelante, por lo menos, la competición local. La ilusión de que, más tarde o más temprano, podríamos recuperar nuestra trayectoria, nunca la perdimos.
Esta nueva experiencia contribuyó a hacernos más fuertes y a demostrarnos que nuestra vocación por el baloncesto era firme y convencida. No todo era un camino de rosas y, alguna vez, podríamos encontrarnos, simplemente, una vereda. Quizá, algo árida y con pequeños baches, pero que sirvió para que maduráramos, sobre todo, como personas.
Recordar esta situación me lleva a establecer, de nuevo, una comparación entre lo que ocurrió entonces y lo que hubiera pasado hoy, en circunstancias parecidas. Muy probablemente, a un equipo campeón de España, aunque fuera femenino, en estos tiempos se le hubiera ayudado a través de subvenciones oficiales y de apoyos económicos privados.
Todo, a cambio de hacer publicidad en sus equipajes y en sus intervenciones en los medios de comunicación, lo cual no es un mal remedio si se logra la permanencia y la continuidad de un buen grupo humano y deportivo. Pero, señores, en aquella época, ni había el culto que existe hoy hacia las manifestaciones deportivas y hacia los deportistas ni tampoco, aún contando con recursos para hacerlo, se respaldaban y reconocían los méritos de quienes destacaban en esas actividades.
Ésta no fue la única ocasión en que pude comprobar esta injusta realidad. Por desgracia, fueron varias las que tuve que vivir… pero, ya las iré comentando cuando llegue el momento. Será interesante hacerlo.
Tan en blanco quedó aquella temporada, que no dispongo de imágenes ni recortes periodísticos con los que complementar este post de hoy. Sólo, lo que quedó en mi memoria y que, por quedar en ella, sigue siendo, para mí, lo más significativo de ese tiempo pasado
1 Comentario
  • Antonio
    Publicado el 12:41h, 14 julio Responder

    Me parece muy interesante que Basketmaniatenerife publique historias como la vivida por Charo Borges. Leer cosas del baloncesto de los 60 y 70 nos dice cómo era este deporte antes incluso de nacer, como es mi caso. Gracias Agustín y felicitaciones a la señora Borges por hacernos partícipes de sus partidos.

Escribir un comentario