CHARO BORGES: La historia de una leyenda de nuestro BA-LON-CES-TO (X)

CAPÍTULO DIEZ.-

Fuera de la competición

«Si este grupo de personas dedicadas a la práctica del baloncesto, se mantuvo durante mucho tiempo, fue porque antes que un equipo deportivo, era un gran grupo de amigos.
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Aprovechábamos cualquier período de descanso (Carnavales, Semana Santa, verano, puentes…) para irnos unos días a Las Américas o a Ten-Bel. Alquilábamos dos o tres apartamentos grandes y allí nos instalábamos con maridos, hijos, novios y pretendientes. Pasábamos unas jornadas inolvidables de piscinas, playa, juegos de mesa, comidas compartidas, y distendidas y divertidas charlas sobre lo humano y lo divino.
De baloncesto, creo recordar que mucho no solíamos hablar. Para eso estaban los entrenamientos… También los cumpleaños y los santos fueron pretexto para reunirnos en casa del que lo celebraba o para irnos a comer a algún restaurante.
Cuando viajábamos, los pocos ratos libres que teníamos los aprovechamos para conocer los alrededores del hotel en que nos alojábamos. Cámara en mano, las que éramos aficionadas a coleccionar imágenes de los sitios a los que fuimos, nos hicimos con un buen bagaje que, hoy, refuerza nuestra memoria visual y a mí, además, me sirve para ilustrar mis relatos.
Cuando la Fase Nacional acababa, a algunas nos gustaba quedarnos, por cuenta nuestra, uno o dos días más para visitar algún museo, unas cuantas tiendas, alguna discoteca o, simplemente, callejear para conocer mejor la ciudad.
Durante toda la temporada, las que estudiábamos, procuramos ahorrar un dinerillo de lo que ganábamos dando clases particulares de cualquier asignatura o de nuestro deporte. Hubo colegios que nos contrataban para enseñar los fundamentos técnicos a su alumnado. Alguna compañera, incluso, trabajó en el estudio de un ingeniero industrial de esta capital, ayudando al delineante jefe a dibujar los planos para el primer gran proyecto de iluminación de las calles y barrios de Santa Cruz. Esa independencia económica nos permitía aquel pequeño gusto. No todo iba a ser estudiar, trabajar, entrenar y competir.
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En las estancias en Madrid, nos dimos un paseo por el diminuto zoológico que, entonces, había en el Parque del Retiro. Fuimos a la Ciudad Universitaria a ver a hermanos y a compañeros de carrera, que terminaban sus estudios por allá. Entrar en el Metro y subirnos en él, fue otra de las experiencias novedosas para las que viajábamos por primera vez.
Visitar algunas salas del Museo del Prado y comprar, primero, en Galerías Preciados y, más tarde, en El Corte Inglés, también eran citas obligadas. De ellos, nos llevábamos algún caprichillo para nosotras y algunos recuerdos para la familia. Otro rito incuestionable era ir a cafeterías como Zahara, para comer exquisitas fresas con nata; a Manila, a disfrutar con finos churros de argolla y chocolate a la española o a Rodilla, para saborear la variedad de sándwiches que ofrecían.
Para cerrar estos días tan intensamente aprovechados, el broche de oro lo poníamos en la discoteca “J & J”, muy de moda en aquella época y situada en la Gran Vía, a la altura de Plaza de Callao. Desapareció hace unos cuantos años y sus propietarios eran Juan y Junior, componentes del mítico grupo “Los Brincos”, primero, y, después, un dúo de música pop muy famoso e ídolo de la juventud del momento.
Cuando se separaron, Juan es el Juan Pardo que, aún hoy, sigue componiendo y produciendo a otros cantantes y Junior es Antonio Morales, el viudo de Rocío Dúrcal, muy de actualidad en estas fechas por los líos de familia que, generalmente, se organizan por culpa de un testamento más o menos suculento.
Felizmente agotadas por todo este trote, regresábamos a nuestra tierra con los ojos, el corazón, el alma y la maleta repletos, hasta los topes, de vivencias que, como están comprobando, nunca se olvidan. Las fotos que dan fe de algunos de los momentos vividos, son en blanco y negro, pero, en nuestra memoria, permanecen llenos de luz, color y alegría. Todo un remate de lujo para unas temporadas de mucha entrega, dedicación y trabajo duro.
Después, serían Salamanca, Cáceres, Segovia, Alcoy, Valencia, Barcelona, La Coruña, Vigo, San Sebastián… las ciudades que tuve el privilegio de conocer gracias al deporte de mis amores.
Pero, esas, serán próximas historias para contar…
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