CHARO BORGES: La historia de una leyenda de nuestro BA-LON-CES-TO (XLII)

Mi última segunda vuelta

En portada, la fotografía de las botas que colgué el sábado, 22 de Abril de 1978

«El tramo final de mi largo recorrido por y con el baloncesto se estrenó con una nueva lesión y, curiosamente, cuando teníamos el segundo encuentro con el Flavia de Palma de Mallorca, pero, en esta ocasión, visitándolas.
Tuve la oportunidad de conocer, aunque sólo fuera durante unas pocas horas, el otro archipiélago español y no pude hacerlo por un lance aciago en el último partido de la primera ronda, el celebrado en Vigo frente al Celta.
Llegué a pensar que el recién ascendido era un auténtico gafe para mí. Bastantes años más tarde, tuve la oportunidad de vivir unos meses en la capital balear y vi compensado, con creces, el deseo de visitar y patear las otras islas.
Pero, volvamos a lo ocurrido en la ciudad gallega de Vigo. Allí celebramos el último encuentro de los once primeros y, a los pocos minutos de incorporarme al juego, una junior, – “de cuyo nombre no puedo acordarme” -, de 1´80 m. de altura y 80 kilos de peso, cruzó la zona, tropezó en otra jugadora y vino a caer, cuán larga y pesada era, sobre mi pierna derecha y lateralmente.
Recuerdo un dolor intenso en la articulación de la rodilla, pero en cuanto me rehice, seguí en la brega. A los pocos segundos, la que se desmoronaba sin motivo aparente era yo. Sentí que la pierna iba en una dirección y el muslo en otra, al intentar apoyarme en esa extremidad inferior.
El preparador físico de las “celtiñas” me asistió, pensando que todo era producto de un calambre. En cuanto estuve dispuesta, Antonia pidió un nuevo cambio para que volviera a la cancha y nada más ponerme en pie, desde el banquillo, volví a caer redonda.
Quedó claro que la lesión revestía mayor importancia que la de un calambre común y corriente en los deportistas. Obviamente, no volví a jugar en lo que quedaba de partido.
Lo peor vino más tarde, cuando regresamos de Vigo hasta el Aeropuerto de Pontevedra por carretera y en un microbús que no perdonaba ni uno solo de los baches y agujeros que cubrían aquella maltrecha vía. Todo iba a parar a mi rodilla y la casi totalidad del recorrido la hice con el pie separado del piso del vehículo.
Así, en aquella postura tan incómoda, evité, en cierta medida, el traqueteo insoportable del vehículo y su repercusión en mi dolorida “bisagra”.
Una vez en Santa Cruz, acudí al traumatólogo de la Mutualidad deportiva del momento, que era D. Roberto Rojas Rodríguez (q.e.p.d.). En cuanto oyó mi relato y manipuló la extremidad, supo mi diagnóstico: distensión del ligamento lateral derecho de la rodilla que soportó el impacto.
Me dijo que ésta era la lesión más grave de todas las que había tenido hasta la fecha, en mis casi veinte años de correr, defender y saltar. Que de haberse dado la rotura, no me hubiera librado de una intervención y de seis meses de inmovilidad en cama y, como consecuencia inmediata, la más triste de las retiradas.
Siempre que me acuerdo, doy gracias a la forma física que conseguí con los ejercicios que Antonia y Pedro López, nuestro preparador, nos marcaban para fortalecernos lo más posible. En quince días, con lo que D. Roberto me indicó, pude recuperarme y, poco a poco, volver al trabajo diario y a la competición.
Antes de continuar, querría hacer una observación en torno a estas lesiones propias del juego y los entrenamientos y a las que estábamos, y están expuestos, los deportistas de todas las épocas. Para los lectores más jóvenes, decirles que las figuras del médico deportivo y del fisioterapeuta no existían aún.
Son especialidades modernas, de apenas veinte años de vida profesional, lo que lleva a concluir que los lesionados de antes sólo contábamos con radiografías pedidas por un traumatólogo, su diagnóstico y su prescripción, que consistía en descansar, tomar analgésicos y antinflamatorios y algún ejercicio suave que hacíamos nosotros mismos, con el fin de no perder el tono muscular del entorno de la articulación dañada y protegerla lo más posible.
Los que no cumplieron con estos requisitos, probablemente hoy estén pagando, a un precio muy caro, las consecuencias de no haber seguido las indicaciones del especialista.
De esta guisa, pues, me vi en las dos primeras semanas de la segunda ronda y para el segundo encuentro, en el que nos visitó el Picadero, además de mi baja, Antonia tampoco pudo contar con Marichu ni Conchy Marrero.
A partir de la salida para jugar en Valencia, la entrenadora ya se vio obligada a recurrir, con más frecuencia y en mayor número, a las juniors. A la participación fija de Mercy Marrero, se unirían las de Pame Pintor, Alicia García-Ramos, Mary Carmen Hidalgo, Mary Carmen Yanes y Helena Ramos.
Con el panorama de la ausencia reiterada de dos de las compañeras más altas y eficaces, Conchy y Marichu, no es de extrañar que las visitas del Picadero, el Alcalá L´Oreal, el Hispano Francés y el Celta, a nuestra sede, se saldaran con victorias de los de fuera.
El resto de los de casa se ganó sin grandes problemas y los que rendimos en las canchas ajenas, los perdimos todos. Pese a que la trayectoria de esta temporada no respondió a las expectativas iniciales, en especial, por las indeseables lesiones, nuestra permanencia nunca peligró.
Al final, los descendidos fueron el Levante y el Flavia; el Picadero y el Celta, primero y segundo, respectivamente, y en la lista de máximas encestadoras, Catere Falcón quedó entre las quince primeras.
Como actividades complementarias, – que diría un profesional de la Enseñanza -, contarles que en nuestro desplazamiento a Madrid, para jugar con el Iberia, tuvimos la oportunidad de asistir, la tarde del sábado de nuestra llegada a la capital del Reino, en el Pabellón de Deportes de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, a un partido de baloncesto masculino: Real Madrid-Juventud de Badalona.
Fue un encuentro en la cima de la competición, de esos que generan nuevos y apasionados seguidores, y que terminó con un resultado que resume todo lo que vivimos: 77-78. La igualdad fue constante en los 40 minutos jugados y recuerdo que me impresionó el lleno absoluto de aquel enorme recinto.
Allí se decidió el Campeón de Liga de la temporada y que no fue otro que el conjunto de la Penya catalana.
En casa, esas actividades fueron más domésticas. En la décimonovena jornada, antes del partido frente al Hispano Francés, Marichu Hernández fue homenajeada por haber sido proclamada Mejor Deportista Femenina de la provincia, en la temporada 76-77, y en el descanso de nuestro último encuentro, el jugado con el Celta, quien les ha narrado todo esto se despidió de los que asistieron al partido y recibió una placa de recuerdo y un ramo de flores, en nombre del club al que pertenecí los dos últimos años de mi largo idilio con uno de mis deportes amados.
También aproveché para que mis compañeras, y las componentes del Celta, dejaran sus firmas en cada una de mis últimas botas de juego. Una para el Krystal y otra para el conjunto gallego. Con ellas, materialicé esa frase tan deportiva de “colgar las botas” y aún las conservo con un cariño muy especial, después de casi treinta y tres años de retirada.
Como imágenes de acompañamiento al texto, sirvan la entrada al partido disfrutado en Madrid, algunos titulares de las crónicas publicadas en esta segunda vuelta, una breve reseña de nuestro último encuentro y la fotografía de las botas que colgué el sábado, 22 de Abril de 1978.
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