MIGUEL DÍEZ ALEGRE, él fue el «CULPABLE»
Los recientes fallecimientos de Pedro Hernández Cabrera y Chuchi León Arencibia, dos leyendas con grandes historiales a sus espaldas, nos llevan a escribir sobre el arbitraje canario y la influencia a nivel nacional.
AGUSTÍN ARIAS.-
En los finales de los setenta y comienzo de los ochenta, el Colegio de Árbitros contó en la presidencia con Miguel Díez Alegre. El ex jugador de Hernán Imperio y algún otro equipo de los cincuenta y sesenta, se había colgado el silbato del cuello, llegando a dirigir partidos de la élite de entonces. Y uno de sus compañeros era Ángel Sancha, también fallecido, quienes dirigieron un Náutico-Real Madrid de la época.
Tras colgar sendos silbatos, don Ángel se convirtió en el presidente del Colegio Nacional de Árbitros, adscrito a la FEB, mientras que don Miguel relevaba en la presidencia del Colegio Tinerfeño Ángel Recuenco, quien fuera colegiado nacional e internacional y en la actualidad comisario FIBA para la BCL.
Entregando a Díez Alegre el talón de la recaudación de un partido organizado por los periodistas para pagar arbitrajes de la base
La excelente amistad entre Sancha y Díez resultó vital en el crecimiento del arbitraje canario. La comunicación entre ambos, cuando no existían redes sociales, ni móviles era telefónica o por carta.
Miguel Díez Alegre se convertía en el «padre deportivo» de aquella nueva generación de árbitros, a los que ayudó de manera importante en sus trayectorias.
Había una pareja en la segunda categoría del baloncesto español que sobresalía. Dos jóvenes que evidenciaban en las canchas otra manera de arbitrar. Actuaban con total naturalidad y disfrutaban impartiendo el reglamento.
Chuchi dándole un «consejo» al gran Audie Norris
En el verano, tras acabar esa temporada, Ángel Sancha y Miguel Díez hablaron de ellos. Uno respondía al nombre de Eduardo, con apellido Sancha; el otro era un «lagunero adoptado» llamado Jesús León Arencibia, al que todos ya llamaban «Chuchi».
Estaba claro para ambos presidentes que habían hecho suficientes méritos para alcanzar la élite del arbitraje español y el poder de decisión de Sancha y Díez hizo que aquellos dos chicos de 18 años introdujeran «aires renovados» en el Estamento Arbitral.
Ángel Sancha con Miguelo Betancor
Llegaron respetando a la Institución y a sus componentes, la mayoría de ellos con una entidad ganada a pulso en años de experiencia.
Tanto Eduardo como Chuchi no defraudaron a nadie y su trayectoria resultó un punto de inflexión: la nueva generación se ganaba también el respeto de todo el baloncesto, al punto de recibir muy pronto la invitación para ser árbitros FIBA.
Había sucedido también con otro de los nuestros, el palmero Ángel Recuenco, quien seguía los pasos de su paisano Pedro Hernández Cabrera, el árbitro por excelencia.
Recuenco, Hernández Cruz, León Arencibia, Hernández Cabrera y Eusebio Trujillo
Pasaron los años, no muchos, y Miguel Díez Alegre tenía en su lista otros nombres que dar a su amigo Sancha para llevarlos a la cima. Hablamos de Miguelo Bentacor, Luis Hernández y Juan Carlos Arteaga, tres «canariones» y excelentes personas que estudiaban sus carreras en la Universidad de La Laguna y formaban parte del Colegio Tinerfeño de Árbitros, también el único gomero en alcanzar la ACB, Manolo Hernández Cruz, así como un joven Eusebio Trujillo, discípulo directo de su gran amigo Chuchi.
Nombres propios que representaron al arbitraje canario en el baloncesto nacional. Y todos respondieron en las pistas con una brillante progresión. Todos daban la razón al «presi» al elegirlos para la élite.
Una década después, un grupo de colegiados, de nivel realmente bajo, viendo que con Díez Alegre no iban a alcanzar la categoría nacional, optaron por formar una plancha, consiguiendo votos entre árbitros y auxiliares de mesa a base de «favores» que jamás cumplieron.
El presidente no ganó las elecciones y se marchó a su casa. Eso sí, con la enorme satisfacción de haber «apadrinado» el ascenso de unos colegiados que acabaron siendo referencia de posteriores generaciones.
Desde su marcha, Tenerife no había situado a ningún árbitro en la máxima división. El cambio presidencial no tenía peso alguno en el Estamento Nacional y, ya se sabe, sin padrino no hay paraíso.

Más de treinta años después y por méritos ganados a pulso partido tras partida, esta Isla vivió el ascenso de una árbitro, ARIADNA CHUECA, a la ACB. Fue este verano de 2025. Un ascenso que llegó precedido de una presencia olímpica en París y numerosas actuaciones con la FIBA.
Hace unas semanas, con Chuchi Arencibia ya hospitalizado, sus amigos Luis Miguel Sancha y Ángel Recuenco le comunicaron la grata noticia: Gigantes del Basket le concedía el Premio Gigante a la Leyenda.
Las primeras palabras de Jesús León Arencibia, tras agradecer la distinción, fueron dedicadas a quienes jugaron un papel determinante en su trayectoria: Miguel Díez Alegre y Pedro Hernández Cabrera.
Sirva este artículo como reconocimiento público a una persona, don Miguel Díez Alegre, por su grandeza a la hora de respaldar a los suyos y de llevar a la élite a aquellos que desde jóvenes llevaban el arbitraje en su sangre. Eran «sus chicos».

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