«Dreamland Gran Canaria: un proyecto a la deriva», por Aridane Ávila

ARTÍCULO DE OPINIÓN DE ARIDANE ÁVILA

«Mi buen amigo Luis Hernández, siempre me cuenta que había una época en la que para ver buen fútbol había que ir a Gran Canaria, y para ver buen baloncesto viajar a Tenerife. Y aunque hace unos años eso cambió, la realidad es que vuelve a ser así al menos en el baloncesto. 

Ahora mismo, ser aficionado o aficionada del Dreamland Gran Canaria es un ejercicio de resistencia emocional. No porque el equipo esté permanentemente en descenso o condenado a la irrelevancia deportiva, sino porque la sensación dominante es otra mucho más peligrosa: la de un club sin alma, sin rumbo y sin horizonte reconocible. Y eso, en una isla donde el baloncesto ha sido siempre identidad y orgullo, duele casi más que perder partidos.

Traumático traslado y decisiones con consecuencias

El primer gran trauma sigue siendo el traslado del mítico CID al Gran Canaria Arena. Aquel cambio, presentado como un salto al futuro, acabó siendo una ruptura mal cerrada con el pasado.

El Arena es un pabellón frío, sobredimensionado (cuesta pensar cuantas veces se ha llenado), distante, con problemas evidentes de diseño para el baloncesto (esquinas rectas, sin palcos, etc.).

Donde antes había presión, cercanía y ruido, ahora hay butacas vacías, ecos y una sensación constante de evento impostado. Ahora desde hace un tiempo también hay goteras. Ya no es aquel pabellón nuevo, hace 12 años de su inauguración.

La afición nunca ha terminado de hacerlo suyo, y el club nunca pareció entender que sin ambiente no hay proyecto que aguante.

En ese contexto llegó la Eurocup de 2023, celebrada como una gesta histórica. Y lo fue, sin duda, en términos de palmarés. Pero también dejó una realidad engañosa: una edición descafeinada, con eliminatorias a partido único, donde el margen de error era mínimo y el componente coyuntural, enorme. Aquella victoria, lejos de ser un punto de partida, funcionó como un espejismo que maquilló problemas estructurales muy profundos. Se ganó, sí, pero no se construyó nada sólido alrededor de ese éxito.

La renuncia a disputar la Euroliga 2023-2024 fue otro golpe simbólico difícil de digerir. Más allá de las razones económicas o logísticas, el mensaje que caló fue demoledor: miedo a dar el salto, conformismo, falta de ambición. En un momento en el que el club tenía una oportunidad única de posicionarse, decidió bajarse del tren.

El empresariado canario también decidió que el Gran Canaria no era lo suficientemente importante como para apoyarlo. Y una vez más, la afición sintió que se le escapaba algo importante sin ni siquiera haberlo intentado. Lo mismo que sucedió en 2013 con la renuncia a la Eurocup por 200.000 euros. 

El máximo rival, en su mejor momento

Mientras tanto, el máximo rival, La Laguna Tenerife, no solo no se conformó, sino que hizo exactamente lo contrario: crecer con coherencia. Acaba de batir el récord de un equipo canario, clasificando por décima vez consecutiva para la Copa del Rey.

Los derbis (quitando la excepción del último celebrado en La Laguna), tienen claro color canarista desde hace años. La entidad aurinegra apostó por la estabilidad, por un núcleo reconocible, por una idea clara de club y de juego.

Hoy el contraste es doloroso. El Canarias compite, ilusiona y representa; Gran Canaria sobrevive, cambia piezas y se diluye. No es cuestión de presupuesto, sino de proyecto.

Sponsor fallido, instrumento político

Pero si hay un problema que resume a la perfección el desconcierto institucional del club es el del patrocinador principal. Dreamland es, a efectos prácticos, un sponsor que no existe como marca reconocible, sin arraigo, sin visibilidad real y, para colmo, con una importante deuda pendiente con el propio club.

Que una entidad profesional de ACB sostenga su imagen y su economía sobre un patrocinio fallido roza lo incomprensible. Más grave aún resulta que, pese a esta situación, Yasmina Newport —miembro de Newport, la empresa vinculada al patrocinador— continúe formando parte del consejo del club.

Una anomalía difícil de explicar, que transmite una sensación de falta de control, de conflicto de intereses y de resignación ante una situación que debería haberse resuelto hace tiempo.

A este escenario se suma una sensación cada vez más extendida de que el club ha dejado de ser únicamente un proyecto deportivo para convertirse también en un instrumento político.

El Dreamland Gran Canaria se sostiene, en gran medida, gracias al respaldo económico del Cabildo de Gran Canaria, lo que ha terminado por contaminar la toma de decisiones estratégicas. Cuando el dinero público garantiza la supervivencia, el riesgo de acomodarse es evidente. Renovaciones tan discutidas como las de Jaka Lakovic,

Sitapha Savané (con una subida de sueldo espectacular) o el director deportivo Willy Villar han sido percibidas por buena parte de la afición como decisiones continuistas, poco exigentes y más cercanas a la estabilidad institucional que a la ambición deportiva. La falta de autocrítica y de consecuencias reales ante los errores refuerza la idea de un club blindado desde lo político, pero cada vez mucho más débil desde lo deportivo y social.

Todo esto ha desembocado en una desconexión absoluta con el aficionado. No hay identificación con los jugadores, ni con el club, ni con lo que ocurre en la pista. Las gradas lo reflejan cada jornada. No hay referentes, no hay historias, no hay sentimiento de pertenencia. Cambios constantes de plantilla impiden cualquier vínculo emocional: cuando un jugador empieza a conectar, se va. Cuando ilusiona, desaparece.

Cantera difícil de comprender, nula identificación

La gestión de las salidas de jugadores teóricamente canteranos como Jean Montero, Mutaf, Balcerowski o Kalifa Diop ha sido especialmente sangrante. Talento joven, proyección, futuro… mal gestionado o directamente desperdiciado.

Y más viendo cómo les está yendo fuera de la isla. En lugar de construir un bloque reconocible, el club ha optado por un carrusel de fichajes que transmite improvisación y cortoplacismo.

Para no ir muy lejos, a principio de temporada Pablo Melo, entrenador del equipo de la liga de desarrollo U22 dimitió. Según publicó Martín Alonso en Atlántico Hoy, injerencias por parte del director de cantera Juanmi Morales, provocaron que el coach saliera a los tres partidos. 

El panorama se oscurece aún más cuando se mira al futuro: no hay horizonte de mejora claro. No hay plan ilusionante, ni apuesta por la cantera, ni un solo jugador canario que sirva de nexo con la tierra.

En una isla que siempre ha producido talento y pasión por este deporte, (cómo olvidar a Roberto Guerra, Berni Hernández,etc.) esa ausencia es casi imperdonable. De hecho, hay más grancanarios en el Canarias, que en el propio Granca. 

Savané, figura discutida. Nostalgia inevitable 

A todo esto se suma la decepción creciente con el presidente Sitapha Savané. Leyenda indiscutible como jugador, su figura como gestor está cada vez más cuestionada. Parte de la afición (y especialmente parte de la prensa) le guarda animadversión por su identificación con partidos de izquierda, algo que va más allá del baloncesto, pero lo cierto es que su gestión deportiva no ayuda precisamente a reforzar su posición. Hoy no convence ni a unos ni a otros, y el desgaste es evidente.

Quizá por eso muchos miran hacia atrás con una nostalgia que ya no es solo deportiva en su caso, sino casi vital. Aquellos años en el CID, cuando el club era más pequeño, más pobre y mucho más modesto, pero también infinitamente más cercano.

No se soñaba con títulos europeos ni con grandes escenarios; se soñaba con entrar en la Copa, con rascar un puesto de playoff, con competir cada domingo como si fuera una final. Jugadores como el propio Savané, Jim Moran, Jason Klein o Gonzalo Martínez (entre otros muchos) no eran estrellas, pero eran los nuestros, y todo giraba alrededor de un equipo con alma, liderado en el banquillo por Pedro Martínez (con geniales épocas de Hussein o Maldonado también) y sostenido desde la presidencia por Lisandro Hernández (auspiciado por unos inicios fundamentales de Moriana).

El pabellón apretaba, la gente creía y el club tenía límites, sí, pero también tenía sentido. Había menos recursos y menos focos, pero una identidad clara y una felicidad compartida que hoy, en medio de tanto ruido y tanta estructura, parece tristemente lejana.

El Dreamland Gran Canaria no está muerto, pero sí peligrosamente anestesiado. Y el mayor enemigo de un club no es perder, sino dejar de importar. Aún hay tiempo de reaccionar, pero para eso hace falta algo más que fichajes de verano o discursos vacíos: hace falta recuperar identidad, valentía y conexión.

Sin eso, el Arena seguirá siendo un pabellón frío lleno de silencios, y el club, una sombra de lo que fue.

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