VERO MATOSO, la retirada de una LEYENDA
La web «NOTICIAS DE LANZAROTE» publicó ayer un amplio y excelente reportaje sobre una de las jugadoras más relevantes en las últimas décadas del baloncesto femenino en dicha Isla, VERÓNICA MATOSO. Deportista con un amplio recorrido cestista por las canchas nacionales y, también, con pasado tinerfeño, cuando vistió la camiseta del CB UniCajacanarias y Ciudad de Los Adelantados Clarinos.
«La ala-pívot lanzaroteña Verónica Matoso ha anunciado su retirada del baloncesto profesional a mediados de 2026, tras una exitosa carrera de más de veinte años. Puso fin a su trayectoria deportiva jugando en su isla natal y cerrando su ciclo en el club donde se inició, el CB Ariagona.
Hay carreras deportivas que terminan con un gran pabellón lleno, una ovación, compañeros alrededor y alguien entregando una placa mientras las cámaras buscan el rostro del protagonista. Y hay otras que se apagan de una manera mucho más parecida a como transcurrieron: tras la pausa veraniega, después de mucho meditarlo, sin demasiado ruido, con la certeza más íntima de que ha llegado el momento.

Es el caso de Verónica Matoso, pero resulta evidente que su dimensión deportiva merece bastante más que un silencio. La jugadora lanzaroteña ha decidido poner punto final a una trayectoria que comenzó siendo una niña en Arrecife y que, durante más de veinte años, la llevó a recorrer el baloncesto femenino español, competir en la élite, vestir diferentes camisetas y acumular una cantidad de partidos, viajes y experiencias que convierten su historia en una de las más importantes del baloncesto femenino de Lanzarote.
Matoso tenía siete u ocho años cuando el baloncesto se cruzó con ella casi por casualidad. Regresaba de sus actividades extraescolares cuando se quedó mirando un entrenamiento en el colegio. El entrenador le preguntó si quería probar. La escena tiene algo de película y, quizá por eso, merece ser recordada: aquella niña llegó a la pista con el kimono de karate puesto y cargando, con cierta dificultad, una guitarra. Todavía no sabía que acababa de encontrar el deporte que iba a acompañarla durante buena parte de su vida, casi una religión.
El primer capítulo se escribió en Lanzarote, en su querido CB Ariagona, donde empezó a formarse y allí comenzó a llamar la atención de quienes entendieron que había algo más que una niña alta jugando al baloncesto.
Junto a su hermano, también destacado jugador
Con trece años tuvo que hacer algo que para una adolescente de una isla nunca resulta sencillo: hacer la maleta y marcharse. Tenerife fue la siguiente estación y después llegaron los campeonatos de formación, las selecciones, los viajes y una carrera que empezó a adquirir dimensión nacional.
Los resultados llegaron pronto. Matoso fue campeona de España Cadete en el año 2004, subcampeona de España Junior en 2005 y campeona de España Junior en 2006. También formó parte de las categorías inferiores de la selección española y fue acumulando experiencias, vistosas rayas en un lobo baloncestístico que terminarían llevándola al baloncesto profesional.

En 2008 llegó su debut en categoría nacional con el Uni CajaCanarias. A partir de entonces empezó una larga travesía por el baloncesto español. Uni CajaCanarias, Ensino, Bembibre, Rivas, Ciudad de los Adelantados, Real Canoe, Unicaja y Estepona fueron algunas de las estaciones de un recorrido en el que también alcanzó la Liga Femenina, la máxima categoría del baloncesto español.
No fue una carrera construida alrededor de una temporada excepcional, sino sobre algo bastante más difícil de conseguir: la continuidad. Matoso fue haciendo carrera a base de temporadas, con una base imperturbable a base de trabajo diario. Una profesión deportiva entendida como lo que realmente es para la mayoría de quienes consiguen mantenerse durante tantos años: levantarse, entrenar, viajar, competir, recuperarse y volver a empezar.
En 2020, cuando militaba en el Unicaja, la Federación Española de Baloncesto la reconoció como MVP de la jornada 17 de Liga Femenina 2 después de una actuación de 25 puntos y 35 de valoración. No era una aparición puntual. Era la confirmación, ya con una larga carrera a sus espaldas, de que aquella jugadora formada en Lanzarote seguía siendo capaz de marcar diferencias en la élite del basket nacional.
Con el tiempo fueron llegando también los números que permiten medir una trayectoria que, de otro modo, resulta difícil de abarcar. Cuando regresó a Magec Tías en 2023, Matoso acumulaba ya más de cuatrocientos partidos en competiciones FEB, más de 3.000 puntos y más de 3.000 rebotes.

Pero quizá lo más significativo de su carrera no esté en ninguna de esas cifras, sino en una decisión tomada cuando ya podía considerarse cumplido prácticamente todo lo que una jugadora profesional puede perseguir: volver.
Matoso regresó a su querido Ariagona en 2025. No lo hizo simplemente para jugar unos últimos partidos en Lanzarote, sino porque llevaba años teniendo claro cómo quería terminar su carrera. Ella misma explicó que siempre había soñado con acabar jugando en el Ariagona y que quería hacerlo todavía siendo capaz de aportar, no esperando a que el cuerpo le dijera que ya no podía más.

Hay algo especialmente reconocible en ese regreso. Las carreras deportivas suelen construirse mirando hacia delante. La siguiente temporada o el siguiente contrato. La de Matoso también lo hizo durante muchos años. Pero llegó un momento en que mirar hacia delante significaba, precisamente, volver la vista atrás. Volver al lugar donde había empezado. A los orígenes.
Y siguió jugando como lo había hecho durante toda su carrera. En febrero de 2026, ya con 38 años, firmó con el Ariagona un triple-doble de 13 puntos, 11 rebotes y 10 asistencias frente al Tenerife Central. Una estadística que explica por sí sola que su regreso no fuera un gesto simbólico ni una despedida prolongada, sino la última etapa de una jugadora que todavía tenía baloncesto dentro.

Ahora llega el momento de parar. Matoso explicaba en su despedida que Llevaba “meses intentando encontrar las palabras y poder decirlas en voz alta… y nunca imaginé lo difícil que sería…Ha llegado el momento de cerrar esta etapa. Han sido muchísimos años, muchísimas experiencias y, sobre todo y lo más importante para mí, muchísimas personas que me llevo conmigo. Siento que ahora necesito cambiar un poco de rumbo y dedicarme a otras cosas de mi vida y es momento de parar y escuchar lo que una misma necesita. Muchas Gracias a cada Club en el que jugué: UniTenerife – Ensino – Bembibre – Rivas – Canoe – Clarinos – Unicaja – Estepona – Magec… Gracias por darme la oportunidad de volver a casa en el momento perfecto y GRACIAS INFINITAS AL ARIAGONA que siempre estuvo ahí desde el día 1 que me fui con 13 años… acabar donde empecé es un sueño hecho realidad. GRACIAS. Y para terminar, GRACIAS FAMILIA Y AMIGOS por estar siempre ahí. Los quiero”, terminaba la emotiva despedida de Verónica Matoso.
Para el baloncesto lanzaroteño no se marcha solamente una jugadora que ha disputado cientos de partidos. Se marcha una de las deportistas que demostraron que, desde una isla pequeña también se podía soñar, construir una carrera larga y llegar a los escenarios importantes del baloncesto español.
Cuando Matoso se marchó con trece años, probablemente no podía saber cuántos kilómetros iba a acumular ni cuántos vestuarios acabarían formando parte de su vida. Tampoco podía saber que, muchos años después, regresaría al mismo club donde todo había comenzado.
Eso es quizá lo más hermoso de su historia. No que haya vuelto a Lanzarote, sino que haya podido hacerlo después de haber conocido todo lo que había detrás de aquella primera puerta que se abrió cuando era una niña.
El pasado 26 de abril a las 9.30 horas de la mañana ya mascullaba interiormente su retirada, pero luchó junto a sus compañeras para dejar al Ariagona como tercer mejor equipo de Canarias tras vencer en el partido por el tercer y cuarto puesto de la fase final de la Primera División Autonómica a Viajes Insular Juventud Laguna (63-51).
El parqué del Pabellón del IES Blas Cabrera de la capital lanzaroteña era el testigo indeleble de su despedida, aún desconocida. Y se iba bailando sobre el parqué como hacía casi siempre, un día más en la oficina, con un precioso doble doble de trece puntos y diecinueve rebotes, además de treinta de valoración.
Ahora cambia el paisaje. Ya no habrá que preparar una bolsa para viajar, ni esperar el siguiente partido, ni subir a un avión después de un entrenamiento. Quedarán todas esas personas y recuerdos conocidos durante años, compañeros de viaje en una trayectoria que ahora fenece, una colección invisible de pequeñas escenas que termina formando una carrera.

A buen seguro recordará una canasta decisiva, un viaje interminable, una lesión, una victoria, una derrota, una conversación en un vestuario, una niña que un día mira desde fuera de una pista y decide entrar. La carrera de Verónica Matoso empezó casi por accidente.
Ha terminado por decisión propia y en el lugar que había elegido para hacerlo. Entre una cosa y otra hay más de veinte años de baloncesto. Y eso, en cualquier deporte, es una vida. Gracias y feliz vida, Vero.


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