«La partida de ajedrez en los banquillos tuvo un color claro», por Bruno J. Álvarez

«ESTE LAGUNA TENERIFE INOLVIDABLE NOS REGALÓ UNA LECCIÓN DE QUÍMICA COLECTIVA, SOLIDARIDAD EN EL ESFUERZO Y UNA DEFENSA DE LAS QUE HACEN ESCUELA»

BRUNO J. ÁLVAREZ.-

«La tarde-noche en el «Martín Carpena» de Málaga, por el aparato televisivo de mi casa, no fue una simple cita en el calendario; fue un monumento al baloncesto, una oda a la resistencia y un recordatorio de por qué este deporte nos mantiene el corazón en un puño.
Vivimos un partidazo no apto para cardíacos, de esos que reconcilian al espectador con la pureza del juego y demuestran que, más allá de los presupuestos, el baloncesto se rige por el alma, la alegría y la inteligencia.
Cuando uno se sienta a escribir sobre la canasta, la tentación de buscar héroes y culpables es grande, pero el arte del baloncesto agradece más la contemplación de su belleza que el juicio severo.
Lo visto sobre el parqué fue pura maestranza. En primer lugar, asistimos a la enésima juventud del mago carioca, Marcelinho Huertas. A sus 43 años, juega con la frescura del niño que se enamoró del balón en las calles de Brasil y la sabiduría del ajedrecista que ve la jugada tres segundos antes que el resto. Por sus venas corre un baloncesto eterno, una brisa de alegría que contagia a todo el que lo mira.
Junto a él, Kyle Guy, ya adoptado por el calor de La Laguna, firmó una obra de arte física y mental: velocidad, fuerza indomable y un talento desbordante que rompió cualquier pizarra defensiva.
El deporte, en su faceta más hermosa, es también un duelo de mentes. Sin caer en la crítica fácil hacia los técnicos, que al fin y al cabo gestionan almas humanas, la partida de ajedrez en los banquillos tuvo un color claro.
El planteamiento del técnico aurinegro superó en esta ocasión la pizarra estratégica de un viejo y querido patriota de las canchas como Txus Vidorreta. Fue la eterna y bellísima historia de David contra Goliat: un CB Canarias entregado en cuerpo y alma que plantó cara a un transatlántico millonario como Unicaja.
Los malagueños lo intentaron todo, pero terminaron excesivamente volcados en la potencia solitaria de Perry, mientras que otras de sus grandes figuras internacionales se diluían ante la intensidad insular.
El encuentro fue un pulso poético de tú a tú desde el salto inicial. La igualdad gobernó la primera mitad, reflejada en un vibrante empate a 39 al descanso que presagiaba una segunda parte épica.
Aunque Unicaja intentó golpear y tomar ventaja en el tercer cuarto, el conjunto lagunero respondió con la alegría del triple y la batuta magistral de Marcelinho. El base brasileño estiró el ritmo del partido, serenó a los suyos y propició ventajas de hasta catorce puntos, cediendo el testigo ejecutor a un Kyle Guy eléctrico que parecía dejar atrás a cinco defensores en cada arrancada.
Al final, lo que presenciamos en Málaga por la televisión, claro, fue la victoria de la armonía.
Este Laguna Tenerife inolvidable nos regaló una lección de química colectiva, solidaridad en el esfuerzo y una defensa de las que hacen escuela.
Ganó el baloncesto, ganó la ilusión y nos quedó en la retina la sonrisa de un equipo que juega con el corazón contento».
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