«La noche en que el GIGANTE despertó la calma», por Bruno J. Álvarez

«El Santiago Martín no fue un simple pabellón; fue un anfiteatro donde la existencia humana encontró su sentido en la memoria y en la superación del conflicto».

BRUNO J. ÁLVAREZ.-
«La velada nació envuelta en la bruma de la nostalgia con un emotivo y merecido homenaje póstumo que detuvo el tiempo. La peña Grada de Animación, vistiendo el alma blanquiazul del eterno CD Tenerife, alzó al cielo el nombre de Jesús de Miguel para demostrar que la identidad colectiva y la lealtad de un pueblo no se compran ni entienden de disciplinas separadas.
El deporte canario se fundió en una sola familia en un respetuoso minuto de silencio que fue la tesis exacta antes de que el balón echara a rodar. Fue después del respetuoso y sentido homenaje en la puerta número 4 que organizaron las tres peñas canaristas y el CB Canarias.
Se anunciaba la llegada de una tempestad del Este, un U-BT Cluj Napoca coronado de mitos norteamericanos, físicos privilegiados y chequeras con pedigrí NBA.
Los analistas de salón nos querían asustar con el dinero, pero las tormentas de papel se disipan ante el orgullo de una isla y el rigor de la realidad.
Aunque al principio el error humano apareció en forma de rebotes esquivos y balones perdidos —regalados con la inocencia distraída de los niños en un patio de colegio—, la rotación cambió el guión. La entrada en escena del gigante Gio Shermadini actuó como un bálsamo arquitectónico que restableció el equilibrio cósmico en la pintura: adueñándose de ambas zonas, devoró el músculo rumano y ordenó el caos.
A partir de ahí, el partido fluyó como una sinfonía perfecta y el rodillo aurinegro destrozó la pizarra visitante.
Marcelinho Huertas, el eterno carioca, desafió las leyes de la lógica en el tercer cuarto dibujando parábolas e increíbles triples imposibles desde las fronteras mismas de la cancha.
En el tramo final, la inteligencia táctica aurinegra se permitió el lujo de jugar con un quinteto atípico, sin bases puros ni pívots natos, convirtiendo el juego en líquida libertad. Fue ahí donde don Jaime Fernández asumió los galones para destrozar el aro rival desde todas las posiciones.
Cuando el telón cayó con un demoledor e histórico 113-73, los 40 puntos de diferencia devolvieron a la tierra a los gigantes de papel.
El público tinerfeño descubrió que la verdadera victoria no había sido el aplastante marcador, sino la ataraxia: esa paz inaudita de haber contemplado la belleza y la superioridad absoluta sin sufrir por el corazón.
Ahora la «fiebre amarilla» es imparable.
Próxima parada: el domingo al mediodía nos visita el Joventut de Badalona de Ricky Rubio y de Laprovittola en la liga doméstica. Toca mantener el listón, seguir en la lucha y volver a jugar igual o mejor.
¡A seguir ganando, chicos, y hacia adelante!
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