«1956: ENRIQUE CASTRO y la noche en la que el BRONCE supo a GLORIA», por Bruno J. Álvarez
El tiempo, ese árbitro silencioso, a veces nos devuelve el pasado en forma de luz atrapada en papel. Gracias a la memoria viva de Tomás Luis Expósito, a quien todos en la Villa conocemos con entrañable afecto como “El Cojo”, rescatamos una fotografía que es mucho más que un registro deportivo; es un tratado filosófico sobre la juventud, el honor y la pertenencia. Nos trasladamos a la noche mágica del 24 de mayo de 1956, bajo el cielo estrellado de La Orotava.
BRUNO J. ÁLVAREZ
El escenario no podía ser otro que el patio central del Colegio de San Isidro, un espacio sagrado donde el eco de las risas y los balones rebotando contra el suelo formaban la banda sonora de toda una generación. Allí se disputaba la final del Trofeo de María Auxiliadora, un duelo fraticida y pasional entre dos colosos locales: el CB Calvario y el CB Águila del Valle. La victoria esquivó esa noche al Calvario, coronando al Águila del Valle, pero el deporte, en su infinita sabiduría, nos enseña que en el verdadero juego nadie pierde si se compite con el alma.
La panorámica detiene el instante exacto de la entrega de trofeos. Vemos a Enrique Castro, capitán del Calvario, un hombre cuya imponente altura física solo era igualada por su estatura moral. Enrique recibe el trofeo de subcampeón de manos de Don Manuel Fariña Hernández, presidente de la comisión de fiestas.
El deporte es comunión, y por eso la foto se rodea de afectos: a la izquierda, la mirada atenta de Pepe Hernández; en el centro, el faro espiritual del colegio, el sacerdote salesiano y catequista don José Rodríguez; y a la derecha, la complicidad del orotavense Diego Juan Álvarez de la Peña junto a Pedro “El Chatarra”, compañero de mil batallas en la cancha.
La vida de Enrique Castro fue un viaje circular de lealtades. Su geografía vital estaba marcada a fuego por la calle Calvario: allí vivió, en el Colegio de San Isidro estudió, y en Las Afortunadas de don Felipe González trabajó, antes de que el destino lo llevara de vuelta a su Santa Cruz natal para dedicarse al sector de la electro radio.
Enrique era un atleta total, de esos que entienden que el cuerpo es el vehículo del espíritu: su altura lo convirtió en un titán del baloncesto en el CB El Calvario, pero también en un baluarte del fútbol local, vistiendo con orgullo las camisetas del Calvario, el juvenil y sénior de la UD Orotava, el Racing Orotava y el CF Imperial.
Al final, cuando los focos del patio se apagan y los trofeos se llenan de polvo, lo que permanece no son los puntos anotados, sino la huella humana.
Enrique Castro no solo fue un deportista de raza; fue, por encima de todo, un buen muchacho, un guardián de la concordia y un arquitecto de la buena amistad. Un hombre que entendió que la vida, al igual que el baloncesto, no consiste en ganar siempre, sino en jugar limpio y dejar el corazón en la cancha para los amigos que se quedan a mirarte

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