«Crónica de una tarde de canastas y fiesta: El día que La Orotava desafió a un gigante», por Bruno J. Álvarez

El mediodía del sábado 29 de junio de 1957, festividad de San Pedro y San Pablo, la Villa de La Orotava no solo olía a flores y a tradición villera; olía también a la emoción del baloncesto puro, al aire libre y a ras de suelo. La Terraza del desaparecido Teatro-Cine Atlante se transformó en una olla a presión festiva para acoger el plato fuerte de las Fiestas Mayores: el duelo histórico entre el CB Independiente de la Villa y el todopoderoso Real Club Náutico de Tenerife.

BRUNO J. ÁLVAREZ

«La estampa, inmortalizada para la posteridad gracias a la cámara de Tomás Luis Expósito —el inolvidable “El Cojo”—, refleja el alma de una época. No cabía un alfiler. Aficionados acomodados en sillas laterales y una multitud entusiasta de pie en los anexos devoraban con la mirada cada jugada.

En el rectángulo de juego se batían el cobre titanes locales y visitantes. Por la izquierda del Independiente, la elegancia de Diego Juan, Chago Estévez y Mangencio González; en el centro, la brega de Javier Árbelo; y plantando cara por la derecha, el santacrucero Noni junto a un imponente Tony Cejas por el bando nauta.

Faltaban aún nueve años para que el club de Anaga lograra su histórico ascenso a la máxima categoría nacional, pero el Náutico ya era un hueso duro de roer. Venía el Independiente de sweet de ganar el día anterior, viernes 28 de junio, al Hernán Imperio por un claro 54-43. Sin embargo, el sábado la historia exigía épica.

El marcador final reflejó la tremenda igualdad y el drama deportivo: Independiente 50 – Real Club Náutico 53. Apenas tres puntos de diferencia que privaron a la Villa de la gesta, pero que consagraron el espectáculo.

DAVID CONTRA GOLIAT EN LA PINTURA: LA ANÉCDOTA DE EVARISTO

Más allá de las frías estadísticas, los recuerdos de Evaristo Fuentes Melián rescatan la verdadera esencia humana de aquella jornada. En el parqué —o el cemento de la terraza— brillaba con luz propia un chiquillo que estaba a punto de cumplir los veinte años en julio: Isidro Fuentes, considerado de forma unánime por la afición como el mejor pívot de todas las Islas Canarias.

El propio Evaristo tuvo la fortuna de saltar a la cancha en ambos encuentros y protagonizar un choque de proporciones bíblicas. En las filas del Náutico emergía la figura de Toñi Cejas: una mole atlética de 1,96 metros de estatura y más de cien kilos de puro músculo. Al otro lado estaba Evaristo, un espigado joven de 1,89 metros que apenas alcanzaba los 62 kilos en la báscula.

El inolvidable mánager y entrenador local, Neno Casanova, viendo el desequilibrio de fuerzas y temiendo por la integridad física de su pupilo, llamó a Evaristo en un tiempo muerto. Con tono paternal, le soltó una orden táctica que valía por una vida:

—«Tito, tú ponte en una esquina a tirar a media distancia…»

Un sabio consejo de Neno para evitar, por pura supervivencia, que su jugador chocara de frente contra la imponente e insalvable «volumetría» de Toñi Cejas.

EL TERCER TIEMPO: LA PALESTRA

Como manda la buena ley del deporte de la canasta de antaño, la rivalidad murió con el pitido final. La derrota del Independiente se endulzó de la mejor manera posible: con un brindis-comilona de hermandad en el semisótano de La Palestra, en la Avenida de José Antonio (hoy Avenida de Canarias). Allí, entre platos compartidos, risas, anécdotas del partido y el calor de las Fiestas Mayores, vencedores y vencidos celebraron lo que verdaderamente importaba: que el baloncesto villero estaba más vivo que nunca.

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