«El triunfo no solo se cocinó desde el triple; se esculpió con el mono de trabajo», por Bruno J. Álvarez
«El baloncesto, en su esencia más pura, no es un deporte de centímetros ni de presupuestos; es una cuestión de latidos»
BRUNO J. ÁLVAREZ.-«Hoy, sobre el parqué del Santiago Martín lagunero, el Laguna Tenerife volvió a demostrar que el tamaño de una afición no se mide por el aforo de su pabellón, sino por la inmensidad de su corazón. Dicen los fríos números de la arquitectura que nuestra casa es «chiquita», que no cabemos todos los que somos. Qué bendita paradoja. Es un contenedor humilde para un sentimiento que desborda el alma de unos jugadores acérrimos que solo entienden la vida a través del esfuerzo, del juego coral y del respeto a una camiseta.
Permítanme la licencia literaria de alterar el orden cronológico de las cosas. En el arte de contar historias, a veces el nudo eclipsa el planteamiento. Prefiero empezar este análisis por el tercer cuarto. De los dos primeros capítulos, poco o nada hay que reprochar: una sinfonía perfecta, un trabajo fenomenal y el marcador siempre gobernado con autoridad aurinegra. Todo fluía como el viento del Teide.
Pero el baloncesto es un juego de rachas y de orgullo. En el tercer acto, el Baskonia despertó. Los vascos impusieron un baloncesto físico, casi salvaje, un juego de auténticas bestias del parqué. Con dos triples consecutivos de Lawson, abrieron una brecha de seis puntos a su favor (54-60), castigando con su imponente físico. Para colmo de males, en ese tramo emergió la desesperante figura de un trío arbitral cuya actuación rozó lo deprimente, con una actitud que fue mucho peor que lo negativo, castigando la entrega local.
¿Qué hace un pueblo cuando ve su templo amenazado? Se levanta.
Ahí apareció el genio de la bombilla. La afición lagunera y tinerfeña, lejos de amilanarse ante el empuje de los hombres de la NBA y el silbato adverso, se puso en pie de guerra. No fue un grito de rabia, fue un rugido de resistencia que no cesó hasta que los nuestros recuperaron la memoria.
Ya en el último cuarto, la épica se vistió de corto. Con una actitud descomunal el equipo se vació por completo. Emergió entonces la maestría de los dos directores de orquesta del Laguna Tenerife “Canarias”: la eterna sabiduría de Marcelinho Huerta y la combatividad de Bruno Fitipaldo, manejando los tiempos como auténticos generales sobre el parqué.
Fue en ese epílogo de infarto cuando se cerró el grifo con llave y candado en nuestra propia canasta. El triunfo no solo se cocinó desde el triple; se esculpió con el mono de trabajo. Ahí emergió la inquebrantable muralla de Aaron Doornekamp, multiplicándose en las ayudas, negando espacios y devorando hasta 6 rebotes defensivos que valieron oro puro.
A su lado, Vince Hunter se hizo gigantesco en la pintura, intimidando en cada penetración de las «bestias» vitorianas, peleando cada balón dividido y metiendo un tapón estratosférico que congeló las esperanzas vascas mientras castigaba el aro rival con 15 puntos clave.
Con la retaguardia blindada, el estelar Kyle Guy se erigió como el indiscutible MVP del partido, destapando el tarro de las esencias con canastas imposibles hasta firmar 24 puntos. El juego coral dictó sentencia: LAGUNA TENERIFE “Canarias” 82 – Baskonia 77. Un triunfo de autor que mandó a los vascos y a los colegiados a lamerse las heridas y a llorar a los vestuarios.
Hay una vieja máxima en el deporte que dice que «entrenador nuevo, victoria segura». El conjunto vitoriano, en una semana convulsa, cambió de técnico buscando una salvación milagrosa de la mano de Velimir Perasovic para un proyecto de hombres que cobran un dineral y que arrastran el cartel de la liga americana. Pero el dinero compra talento, no la química ni el alma de un vestuario. Los millones se estrellaron contra la identidad tinerfeña.
Ahora toca saborear el triunfo, limpiar el sudor y descansar. El balón no da tregua y el próximo día 21aguarda otra batalla europea en tierras alemanas, nos espera el potente SKYLINERS FRANKFURT VS.
¡Ánimos y a seguir sembrando grandeza!

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