«Una pista asimétrica y rebelde a los reglamentos», por Bruno J. Álvarez
EL BALONCESTO, EN LA OROTAVA DE LOS AÑOS CINCUENTA, NO SE JUGABA SOLO CONTRA EL EQUIPO RIVAL; SE JUGABA CONTRA LA PROPIA ARQUITECTURA.
BRUNO J. ÁLVAREZ.-
«Aquel 24 de mayo de 1956, la noche de la final del Trofeo María Auxiliadora entre el CB Calvario y el CB Águila del Valle, el patio central del Colegio de San Isidro no era un simple recinto deportivo: era un hervidero humano, un coliseo indómito donde el ingenio desafiaba a la falta de espacio.
La memoria de aquella velada, rescatada en una vieja fotografía por Tomás Luis Expósito —a quien todos en la Villa conocen y aprecian como “El Cojo”, (RECIENTEMENTE FALLECIDO)—, custodia una estampa tan inverosímil como legendaria.
Pegada materialmente a la canasta, como un defensor invisible y vertical, se erguía la escalera que comunicaba el patio con el corredor de la primera planta.
Una estructura célebre no solo por su osada ubicación, sino por haber sido el escenario del «primer despegue» del centro: el del alumno interno Baixa Peropadre, quien un buen día salió rodando peldaños abajo.
Que saliera ileso del percance solo pudo atribuirse a los milagros que con tanto fervor predicaban los padres salesianos.
Tiempo después, la piqueta derribaría los sótanos y los accesos se mudarían a las torres, pero aquella escalera ya se había ganado su lugar en el folclore local.
En aquella pista asimétrica y rebelde a los reglamentos, el partido era pura electricidad. Si uno mira con atención la panorámica de aquella noche, puede congelar el tiempo: el balón flota suspendido en el aire justo sobre el aro, suspendiendo también la respiración de los presentes.
Debajo, en la zona de pintura, se baten el cobre Cándido, Leis y el propio Tomás “El Cojo”. Escoltando la jugada por la derecha, aparecen Isidoro Sánchez y Manolo Martín, mientras que de espaldas, firme en su posición, Perico “El Chatarra” vigila el rebote.
Pero el verdadero espectáculo rodeaba la cancha. Las barandas de los corredores superiores vibraban, repletas de un gentío entregado que se asomaba al vacío para no perder detalle.
La propia escalera, lejos de estar despejada, era una grada improvisada y peligrosa, un racimo de almas suspendidas sobre el partido. Y como broche de un costumbrismo irrepetible, justo debajo de la canasta, allí donde se desataban las batallas por el balón, se ubicaban los chorros para beber agua.
Jugar allí significaba esquivar defensas, calcular el tiro sorteando los peldaños y, si la inercia te empujaba demasiado lejos, terminar refrescándote a la fuerza.
Aquella noche de mayo, el baloncesto en La Orotava demostró que no hacían falta canchas perfectas para construir momentos eternos.
Bastaba un balón en el aire, una afición apasionada y una escalera desafiante para escribir una de las páginas más hermosas y divertidas de nuestro deporte local».

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