«Una victoria con dedicatoria. ¡Va por tí, amigo Tomás Luis!», por Bruno J. Álvarez
El baloncesto, en su esencia más pura, no es solo un juego de pelota y canastas; es un lienzo donde se cruzan la memoria, el destino, el tiempo y la eternidad.
BRUNO J. ÁLVAREZ.-«Hoy, en el parqué del Santiago Martín de La Laguna, el Laguna Tenerife Canarias venció al Obradoiro por un inapelable 106 a 76, dictando una sentencia de treinta puntos de diferencia que viaja directa al cielo.
Ese abismo en el marcador no fue una simple estadística; fue un tributo exigido por el alma, una ofrenda silenciosa y sagrada a quien fuera el guardián de mis sueños infantiles en la cancha: Tomas Luis «el Cojo», recién partido hacia la inmortalidad. Para ti, eterno ídolo, va esta victoria.
El deporte, como la vida, posee una mística circular. La tarde guardaba un misterio en el banco aurinegro: un rostro nuevo, una incógnita que desafiaba mi memoria durante los primeros compases del juego. Pero el destino desveló su secreto cuando aquel chaval saltó a la pista. Protegido por una máscara que le daba un aire de héroe mitológico, y cargando sobre sus hombros la tremenda responsabilidad del debut, apareció Seguí.
Sin embargo, el purismo del juego nos obliga a mirar también a las sombras, pues no hay luz sin oscuridad. El encuentro comenzó con heridas autoindigidas: pérdidas de balón inexplicables, impropias de profesionales, que recordaban los descuidos de los niños en el patio del colegio.
A esto se sumó el pecado de errar canastas hechas, cantadas, debajo mismo del aro, y una flagrante concesión en el rebote defensivo que permitió a los gallegos, herederos del drama de Valle-Inclán, castigarnos con triples hirientes.
Fue un inicio duro. Invocando la poesía de Rosalía de Castro, el Obradoiro apareció desde el minuto uno como una tempestad: fuerte, veloz, certero, un presagio de que la tarde sería un calvario para los locales.
Pero la alquimia del baloncesto reside en la resistencia. Al final del primer cuarto, la química defensiva de los laguneros despertó, activando un engranaje perfecto que ya no se detendría hasta el bocinazo final.
Si el juego es ritmo, el descanso fue pura catarsis. El pabellón se transformó con los sones de una comparsa lagunera; al compás del carnaval chicharrero, el ambiente se impregnó de un oxígeno vital que contagió tanto al quinteto en pista como a una afición inquebrantable, siempre al pie del cañón.
La fiesta insular disolvió la resistencia visitante y lo que empezó como una amenaza gallega terminó convirtiéndose en una pesadilla para los compostelanos. En esa metamorfosis, brilló con luz propia Tim Abromaitis, agigantándose para ejercer de tercer pívot con una actuación soberbia y determinante.
El eco del silbato final decreta que la gloria de hoy ya es pasado. El tiempo no se detiene y la filosofía del esfuerzo exige mirar al frente.
Nos espera una semana larga, un viaje de doble filo: primero la batalla europea en la Eurocopa y, después, la confirmación en la ACB.
A seguir trabajando, porque el camino del guerrero nunca termina».

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